Roca
Había una vez una bruja llamada Brunilda, en el Gran Bosque Gris vivía, y allí a todas las criaturas protegía. A diferencia de otras brujas, ella no tenía marcas ni horribles cicatrices en su rostro, tenía los ojos amarillos y su cabello era castaño oscuro, largo hasta por debajo de sus hombros, usaba un vestido de mangas largas color verde musgo. Pasaba los días ahuyentando a cazadores y magos que buscaban a las diversas criaturas que vivían allí, cazaban por deporte o los capturaban para luego venderlos, pues en el Bosque Gris no sólo habitaban animales sino también criaturas mágicas, pequeñas hadas del agua que a los ojos humanos lucían como libélulas, trolls que lucían como rocas, grandes peces de colores que vivían en el río, incluso los árboles tenían vida.
En soledad ella su tarea cumplía, mas sus esfuerzos no siempre resultaban, usaba todos los hechizos que conocía, pero lo que más le molestaba a Brunilda era lastimar a los humanos, a veces sin alternativa se quedaba. En el reino todos sabían que el Bosque Gris era custodiado por una bruja, los aldeanos no creían que Brunilda protegiera a las criaturas, sino que espantar y dañar a los humanos quería. Acudieron al rey Tito en su palacio, la gente vociferaba y el rey temeroso a un motín escuchó sus exigencias. En respuesta a las quejas, Tito contrató a los mejores cazadores del reino y les ordenó que le trajeran la cabeza de la Bruja del Bosque en una bandeja. Y la muchedumbre aplaudió.
Fueron contratados Atlas, un cazador de jabalíes, alto y fornido de ojos y cabellera oscura, de mal genio, usaba hacha y espada, Arminda, cazadora de codornices experta con el arco y flecha, de larga cabellera pelirroja, y por último el mago Hidalgo, él capturaba hadas y luego las vendía en el mercado, era de altura promedio y cabellera rubia. El rey prometió al que lo lograra dos cofres repletos de oro y su palabra de incorporarlo en la corte. El príncipe Demetrio se había opuesto a lo que su padre había pronunciado, él pensó que con sólo hablar con la Bruja del Bosque entraría en razón y se iría, por lo que se camufló y fue en la caravana de los cazadores en busca de la bruja.
Como era de esperarse después de medio día de viaje los cazadores se separaron, ya que peleaban por quien obtendría el botín, cada uno tomó su camino al igual que el príncipe. A los oídos de Brunilda llegó que la perseguirían, por lo que decidió pasar la noche en vela por si alguno aparecía. Y nadie apareció. Al segundo día Atlas se acercó empuñando su hacha, perseguía un jabalí y se había distraído de su tarea, Brunilda lo vio y le tendió una trampa, al correr al jabalí Atlas entró a una cueva, la bruja ahí lo esperaba , estaba oscuro, el cazador no veía, trató de salir pero no encontraba la salida, de repente Atlas, el poderoso cazador, comenzó a sentir miedo por primera vez en su vida, un vacío invadía sus entrañas y apretaba su corazón, su respiración se agitaba, no podía oír ni sus pensamientos, sentía flojas las piernas, y sus movimientos eran zigzagueantes, como cuando el viento golpea en los árboles. Comenzó a correr cuando sus piernas le respondieron, sólo giró su vista y vio a lo lejos a Brunilda, y aceleró su marcha. Lo encontró la escolta real a las afueras del bosque gritando y llorando, sus palabras eran inentendibles, lo llevaron ante el rey, y él sólo hizo un ademán para que lo retiraran de su presencia.
Al tercer día Brunilda volvió a estar en vela, pero nadie apareció. Llegó a los oídos de Arminda, el príncipe Demetrio y el mago Hidalgo lo sucedido con Atlas, por lo que se reunieron en el bosque para acampar, por miedo quizás a que la bruja atacara de noche. El príncipe sin revelar su identidad, se hizo pasar por un cuidador de caballos, y adentrada la noche cuando todos dormían, partió a lo profundo del bosque en un negro corcel. Su viaje fue importunado por una fuerte tormenta, lluvia y poderosos vientos azotaban al noble, para empeorar su fortuna los truenos y rayos asustaron a su caballo que lo hizo caer, el príncipe soltó sus riendas y golpeó contra una piedra que en suelo había, inconsciente quedó y su corcel escapó. Brunilda vio a lo lejos correr al animal asustado por lo que se dirigió al punto en cuestión, al príncipe encontró desfallecido, mas terminar con su vida no pudo pues no tenía motivos para pensar que era el enemigo. Acudió a los trolls para que la ayudarán a llevar al desconocido a su humilde morada y alejarlo del peligro, pues ella pensaba que si los cazadores lo veían podrían herirlo. El príncipe dormía y Brunilda su cabeza cubría, rojo intenso las manos tenía de haber lavado y curado la herida. Mientras en el campamento llegó la noticia del que noble heredero había desaparecido, el rey dedujo que la malvada bruja en reprimenda contra su hijo se había despachado y adicionó a los dos competidores que quedaban mercenarios, para que la cabeza de la bruja le fuera entregada a él.
La competencia aumentó, al igual que la avaricia de Hidalgo que se separó del resto para encontrar en soledad a la bruja. Arminda por su parte lideraba el grupo de búsqueda y a los mercenarios, se buscaban rastros del engendro del infierno pero no del posible hijo muerto. Pues la deducción pasó de una simple idea a un hecho confirmado. Mientras tanto el príncipe de su sueño obligado había despertado, al ver a la bruja sus ideas se alteraron, no esperaba encontrarse con una hermosa doncella, sin revelar su identidad sin victoria trató de convencerla de hablar con el rey para que cambiara de parecer, ella en su lugar repuso que tenía una tarea que cumplir y que lucharía contra cualquier oponente, sin importar su valía o tamaño. Demetrio le imploró que cambiara de parecer mas no lo logró. Brunilda selló su posición diciendo que lo acompañaría hasta el final del camino para que peligro no corriera. Así lo hizo. Al final del camino Brunilda y Demetrio compartieron una mirada profunda que pareció unirlos por toda la eternidad, ambos no podían explicar esa fuerza que sentían, el príncipe tomó su mano y pidió que se cuidara. Detrás de un pino, Hidalgo contemplaba la escena planeando su siguiente paso, pues consideró lo observado como una ventaja que debía aprovechar.
El príncipe al campamento volvió, con las nuevas de que con prisa su funeral ya se había realizado, el rey lo recibió y desconfiado en que fuera su linaje el que estuviera en su frente, a regañadientes una audiencia concedió. El príncipe le contó su cruenta caída, y como la bruja había sido gentil y lo había cuidado, que ella no conocía su nombre y que si el rey lo permitía, conseguiría apartarla del bosque, pero concederle un deseo a cambio debía, sacar del camino a los avariciosos cazadores que listas sus lanzas tenían. El rey, como era de esperarse se negó, pues ciego estaba y no creía en la palabra de su prole, más aún creía que su hijo fallecido había y el interlocutor un impostor sería o producto de un hechizo de la malvada bruja. Ordenó a la escolta que lo acompañarán a la salida.
El príncipe ofuscado otra opción contempló y en busca de Brunilda partió, ya que no quería que la bella fuera herida. Sin duda alguna, él algo sentía por la bruja que salvado su vida había. En el amanecer Brunilda se enfrentó a la sagaz cazadora Arminda y su compañía, los crueles asesinos masacrado habían a las pobres criaturas mágicas que desamparadas quedaron ante la partida de Brunilda. Hadas, trolls, árboles, duendes, ciervos, jabalíes, toda clase de criatura se hallaba ya sin vida. Un fuerte dolor reparo en Brunilda, un ardor en el pecho parecía, lágrimas de furia de sus ojos salían y ahora los monstruos pagarían. A los individuos sin nombre el hechizo les lanzó y entre ellos la batalla se entabló, camaradas en armas ya no se reconocían y arremetieron sin quedar alguno con vida. Para Arminda lo peor esperó, su puntería comenzó a fallar, el arco y flecha que en ella tanto resaltaba ahora quedaba como si en sus manos hubiera manteca embarrada. Luego la vista comenzó a traicionarle y sus piernas a temblarle. Al suelo cayó y suplicó por su existencia, Brunilda se acercó y en el suelo retorcerse la observó, Hidalgo escondido la escena divisaba, y el príncipe Demetrio apenas llegaba. ¡Alto! gritó, en vano me temo, pues la bruja estaba decidida, y con la flecha que Arminda había destinado para el pecho de Brunilda, acabó violentamente con su mundana vida.
Brunilda lloró sin parar y a Demetrio vio, cuando al fin los dos se iban a encontrar, la escolta real apareció, Demetrio entonces le imploró que por su existencia huyera, y así lo hizo, como el viento desapareció. Hidalgo observaba y otra ventaja obtenía, pues sus oponentes derrotados estaban y descubrió el amor que el príncipe sentía por ella. El Rey asqueado por la escena, la más cobarde decisión tomó, ¡Quemad todo! a su guardia ordenó y el bosque entero en llamas ardió. El príncipe aterrado por su amada lloró y a correr comenzó con la esperanza de salvarla del destino atroz. Pero sin llegar a ella, oyó los gritos de la escolta, el fuego avanzó y a todos quemó. El Rey ha muerto, viva el Rey. La escena en segundos transcurrió, el príncipe ordenó las llamas detener y encontrar a Brunilda sin lastimarla esta vez.
El avaricioso Hidalgo, al nuevo monarca se acercó para que recordara lo prometido por su padre, el rey Demetrio aborreció su rostro y lo expulsó de su vista y que nunca más volviera, al terminar su proclama en busca de Brunilda con su escolta partió. Hidalgo en venganza otra jugada planeó. Brunilda a orillas del río se durmió, su vestido color musgo con el pastizal se confundió, y por una misteriosa voz despertó, Demetrio la ayudó a levantarse y en un largo abrazo sus almas se fundieron, mas una especie de escalofrío separó a Brunilda de los brazos de Demetrio pues no sentía al mismo, él caballero le explicó lo sucedido con su padre, que ahora él Rey era y que cuidaría de ella y del bosque toda la vida, Brunilda sonrió y en su promesa creyó, sin embargo cuando la vuelta se dio una daga en su espalda se encrustró y al suelo cayó, ella no podía creer que su amado así la hubiera traicionado, su herida en la espalda no dolía tanto como su corazón roto, con las pocas fuerzas que le quedaban se arrastró hasta la orilla del río, pero el malvado caballero la sostuvo y ella gritó y en todo el bosque se escuchó.
El Rey y su escolta oyó y cabalgaron con velocidad al punto de acción, el falso Demetrio a la moribunda Brunilda se acercó y su verdadera forma mostró, el cruel Hidalgo había sido y ahora sin más preámbulo su tarea, de un sólo golpe con la daga el corazón de la dama arrancó y ella solo gritó. Antes de que el mago escapara la escolta llegó y el cruel asesino se dispuso a huir, pero la fortuna de su lado no estaba, llego a una caverna y un feroz oso gris de un zarpazo su garganta cortó.
Demetrio de su caballo bajo, a su escolta ordenó que buscaran al perro traidor, y en los brazos a Brunilda tomó, la pobre desfallecida estaba, lloró desconsoladamente diciendo que lamentaba lo sucedido, ella con sus últimas fuerzas su rostro acarició y el único y último beso le dio. De repente el río de caudal aumentó, la lluvia empezó, el viento sopló, el suelo comenzó a confundirse con la silueta de los amantes, la luna brillaba, y un resplandor azul a la pareja cubrió, sin más la lluvia cesó, la escolta llegaba con la noticia de que el mago había perecido, mas nada encontraron salvo una escultura de roca cerca del río, la pareja en roca tallada estaba, los guardias reales no le dieron importancia a la obra y por meses buscaron al desparecido rey, por el pueblo corrió el rumor que la malvada bruja a todos había asesinado, y el reino sin gobernante en decadencia cayó.
Pero la escultura a pesar de los años permaneció allí, a orillas del río, Brunilda y Demetrio unidos en un beso eterno, tallados en roca, seguía en pie, pues su amor resistiría cualquier tempestad y al paso del tiempo no temería. Ambos fuertes como la piedra fueron, tal es así que hoy en día se encuentran allí.
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